Empecé copiando a lápiz las fichas de los álbumes de Dragon Ball y Saint Seiya en blocks de papel blanco que mi papá me compraba. Cuando la clase en el colegio se ponía aburrida, mi cuaderno se llenaba de dibujos de Link de The Legend of Zelda, memorizados de las páginas de la revista Club Nintendo. Incluso me adueñé de las paredes de mi cuarto para pintar murales con témperas compradas en la papelería del barrio.

Pero en algún punto, el arte hizo una parada estratégica para estudiar algo que “diera plata”. En 2008 entré a estudiar publicidad.

Después de una crisis profesional fuerte, en 2015 di el salto al mundo de las agencias. Ese cambio fue el escenario perfecto para que el Camilo de 28 años y el de 12 hicieran las paces. El niño recuperó la imaginación y la libertad de crear; el adulto aportó la técnica, el ojo para los detalles y el criterio adquirido tras años de trasnochadas.

A partir de ahí, me metí de cabeza en la industria por más de una década. Pasé por proyectos de todo tipo: desde descifrar el lenguaje financiero y corporativo de la Bolsa de Valores, hasta adentrarme en el consumo masivo con KFC. En esta última, cualquiera habría usado las fotos de catálogo de siempre, pero yo preferí ponerme a redibujar al mismísimo Coronel para que las piezas tuvieran más fuerza y expresividad. De forma muy especial, presté mis manos a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas; fue enfrentarse cara a cara con una realidad muy dura, pero también ha sido de los proyectos más gratificantes de mi vida al poder ayudar a sanar y a construir memoria usando el arte. Independientemente del proyecto, dondequiera que llegaba intentaba dejar algo de mi esencia; sí o sí tenía que buscar la forma de meter un dibujo por algún lado.

Todo ese camino me trajo a donde estoy hoy. No me interesa hacer cosas simplemente "bonitas" para llenar el ojo; me apasiona meterme de cabeza y crear cosas con personalidad.

Hoy, cada vez que un cliente me cuenta su idea, es inevitable que mi cabeza se vaya y empiece a rayar en un block mental. Me encanta que lo que hago conserve ese feeling de lo hecho a mano. Mi meta es simple: que quien vea un diseño o una ilustración mía sienta una conexión real con algo que nació de una buena idea y tomó forma con mis manos.